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La Revolución cubana: cuando un grupo de revolucionarios le pateó el trasero al dictador Batista

Cómo un dictador amante de los casinos y de la mafia acabó siendo engañado por un grupo de rebeldes bastante furiosos

Cuba, tierra de puros, ron y gente que baila como si no tuviera huesos en el cuerpo.

Una isla que a comienzos de los años 50 estaba dominada por un tipo de lo más poco recomendable: Fulgencio Batista. Un hombre al que le encantaban el dinero, los sobornos, el lujo y sus amigos mafiosos (y eso es solo la versión amable de la historia...).

Ciudades superglamurosas con hoteles de lujo y casinos, pero solo para los turistas estadounidenses, mientras los cubanos de a pie vivían en la miseria más absoluta. No era precisamente el sueño caribeño.

En resumen, solo faltaba un gran cartel que dijera: “Bienvenidos a Cuba, y nos da igual si la gente que vive aquí se muere de hambre”.

En pocos años, esta situación —y no hacía falta ser Nostradamus para preverlo— estalló y empezó la revolución. ¡Pero no fue precisamente una revueltita educada!

Aquí hablamos de asaltos a cuarteles, guerrilla en la selva y combates de los duros.

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El ataque al Moncada: el ensayo general de la revolución

Debes saber que Estados Unidos apoyaba a Batista porque le interesaba tener un parque de juegos lleno de casinos y lujo a pocas millas de casa.

¿Las vías legales para cambiar las cosas? Agotadas.

¿Las protestas pacíficas? Ignoradas.

Fidel Castro, una especie de Papá Noel pero más gruñón y susceptible, comprendió que había llegado la hora de soltar el ron y ponerse en marcha.

Por aquel entonces, Fidel era un joven abogado convencido de que tomar las armas era la única forma de despegar a Batista del trono (al que estaba aferrado con más fuerza que yo a un bote de Nutella cuando estoy de bajón).

Nada de charlas, nada de florecitas: hacía falta plomo.

Así que en julio de 1953 Fidel decidió pasar a la acción. El plan: atacar dos cuarteles. Moncada en Santiago y Bayamo en otro punto. La idea: sorprender a los soldados, quizá todavía borrachos o distraídos por el Carnaval.

Los hombres de Fidel no eran precisamente un ejército profesional. Gente común, obreros, campesinos, algún estudiante. Un grupo bastante improvisado, no demasiado organizado, pero sin duda muy motivado.

El día señalado fue el 26 de julio. Pero, por desgracia, todo salió mal. Los soldados descubrieron el plan, reaccionaron y aquello terminó en una carnicería.

Un baño de sangre. Los revolucionarios salieron muy mal parados: fueron capturados, arrestados, torturados y muchas veces rematados de un tiro en la nuca. Escenas espantosas, de las que revuelven el estómago.

Fidel logró huir unos días, pero luego lo atraparon. Todo parecía terminar muy mal. Y aun así no se rindió: era terco como un coco.

“La historia me absolverá”: Fidel en el tribunal como un actor de Hollywood

En octubre, Fidel fue llevado ante los tribunales. Batista esperaba quitárselo de encima para siempre.

Allí Castro soltó el mejor discurso de su vida. Nadie esperaba que un rebelde tosco y desaliñado sacara una intervención digna de un Oscar: ¡cinco horas de palabras hipnóticas!

Cinco horas de palabras a toda velocidad, garra e ideas contra el régimen, más que mi tío borracho en Nochevieja con sus brindis interminables. El juez debió de pensar algo así como: “Madre mía”.

“Condénenme, no importa. La historia me absolverá.” Esa fue la frase clave. Si alguien la dice en un bar después de tres cervezas, suena a pura fanfarronería. Y sin embargo fue una profecía. Castro se llevó 15 años de cárcel.

Pero en 1955, Batista, en un alarde de brillantez, decidió conceder una amnistía. Ya se sabe, quería hacer el papel del hombre bondadoso.

Más adelante, Fidel, junto con su hermano Raúl y otros revolucionarios, salieron de prisión: el mensaje estaba claro, la cosa se iba a poner seria.

La situación en la isla seguía siendo terrible: un régimen podrido, corrupción, mafia y mano dura contra la población. Fidel comprendió que necesitaba cambiar de aires y se fue a México. Desde allí reorganizaría todo para volver y plantarle cara a Batista. ¿Y a quién conoció en México? A cierto Ernesto “Che” Guevara, médico argentino con nervios de acero, listo para meterse de lleno en la lucha.

El desembarco del Granma: las barbas más temidas del Caribe

En noviembre de 1956 comenzó la aventura. 82 rebeldes en una barquita llamada “Granma” cruzaron el mar para llegar a Cuba. Al desembarcar no los recibieron con coronas de flores, sino con balas, y muchos dejaron allí la vida.

Solo 12 sobrevivieron: los hermanos Castro, el Che y algunos héroes desconocidos. Se refugiaron en la Sierra Maestra, una zona montañosa (no precisamente un resort de vacaciones), perfecta para la guerra de guerrillas. Allí siguieron adelante como pudieron: sin maquinillas de afeitar, sin camas, sin baños calientes. Solo armas, ideas revolucionarias y una rabia descomunal.

La gente local, harta de Batista, empezó a simpatizar con estos barbudos tan peculiares. Los rebeldes hacían incursiones y lograban golpear al ejército de Batista como mosquitos molestos que pican hasta en los peores sitios.

Batista, por su parte, pensó que podía resolverlo con una operación a gran escala: la Operación Verano en 1958. Un intento de expulsar a los rebeldes.

En la batalla de La Plata, las fuerzas gubernamentales se llevaron una buena paliza. En Las Mercedes, Fidel los engañó con astucia. La moral del ejército de Batista se vino abajo. En cambio, los castristas estaban por las nubes.

Los barbudos avanzan: golpes por todas partes

Tras el fracaso de Verano, los rebeldes pasaron a la ofensiva.

Divididos en columnas al mando de tipos duros como Che Guevara y Camilo Cienfuegos, los Bud Spencer y Terence Hill de La Habana, avanzaron hacia la capital a golpe limpio.

Cienfuegos venció en Yaguajay, ganándose el título de “Héroe de Yaguajay”. El Che dio el gran golpe en Santa Clara. Ante aquel desastre, Batista comprendió que la fiesta se había terminado. Se acabaron los casinos y el champán.

La noche de Fin de Año de 1958, mientras la gente celebraba, Batista hizo las maletas y huyó como un ladrón en plena noche. Primera parada: Florida. Después, exiliado en España bajo la protección de Franco.

Un final patético para alguien que se había comportado como el dueño del mundo. Un poco como yo cuando empiezo una partida de Uno con toda la ilusión y acabo llorando en un rincón...

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La victoria: Fidel en la ciudad, guerrilleros triunfantes

El 1 de enero de 1959, los rebeldes entraron en La Habana. La gente los recibió como a superestrellas, mucho más que a Elvis Presley. Fidel Castro, Raúl, el Che y sus compañeros se convirtieron en los ídolos de las masas.

Batista había desaparecido, el régimen había caído. La revolución se había consumado.

En agosto de 1960 nacionalizaron las propiedades extranjeras. A los estadounidenses no les sentó nada bien: embargo, tensiones y aquella famosa cosita llamada “la crisis de los misiles del 62”, cuando el mundo entero estuvo cerca de un tremendo GAME OVER.

¿Los intentos de Estados Unidos de derrocar a Castro? Un fracaso. Lo intentaron en Bahía de Cochinos, pero no funcionó.

Mientras tanto, el Che empezó a convertirse en un póster con piernas, hasta el punto de que, adondequiera que fuera, el fondo detrás de él parecía volverse rojo.

Cuba se convirtió en una espina clavada en el costado de Estados Unidos. Entre discursos interminables (con cámaras y camarógrafos a punto de dormirse), humo de puros y partidos de béisbol, Fidel y sus compañeros demostraron al mundo que incluso un puñado de hombres barbudos, testarudos y obstinados podía poner de rodillas a un dictador amigo de los poderosos.

¿La historia absolverá a Fidel?

Puede que no, puede que sí.

Lo cierto es que la Revolución del 26 de julio sigue siendo una página histórica que no debe olvidarse. Y la próxima vez que alguien quiera convertir Cuba en el patio de recreo de los ricachones, se lo pensará dos veces... ¡El Che siempre está listo para bajarse del póster y darle una buena patada al dictadorzuelo de turno!

Y aquí llegamos al final de este viaje en el tiempo, una mezcla entre historia y una película de Bud Spencer y Terence Hill… ¡Espero que te haya gustado, compañero!

Si quieres ver los lugares icónicos de la revolución cubana, ven con nosotros a Cuba; de lo contrario, ¡nos enfadamos!

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