Entre el tráfico de drogas y su impacto en las poblaciones locales: un extraño capítulo de la historia del Sudeste Asiático
Cuando empezamos a pensar en cómo estructurar nuestro itinerario de 14 días por el norte de Tailandia, nos rompimos la cabeza para decidir qué lugares incluir y así satisfacer a quienes están cansados de los típicos viajes mainstream.
No es que fuera especialmente difícil, teniendo en cuenta todas las cosas increíbles que hay en este país, pero de verdad queríamos ofrecerte algo especial, algo diferente de lo de siempre, capaz de mostrarte facetas de Tailandia que probablemente no conoces.
Facetas que no sean las típicas playas de aguas cristalinas (preciosaas, sin duda, pero ya invadidas por el turismo de masas), con bungalós, enormes bloques de cemento a los que llaman ‘resorts’ y barecitos frente al mar vendiendo cócteles tropicales.
No, queríamos darte la oportunidad de vivir una experiencia mucho más original y auténtica. Y entre los distintos lugares que finalmente elegimos como paradas de nuestro viaje, hay uno en particular que apostamos a que nunca esperarías: el Triángulo de Oro.
Si decides venirte con nosotros a Tailandia, lo verás con tus propios ojos (junto con un montón de otros lugares increíbles), conocerás su historia y descubrirás un montón de curiosidades sobre las poblaciones locales. Mientras tanto, aquí tienes un pequeño adelanto.
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¿Y qué es exactamente este Triángulo de Oro?
El Triángulo de Oro es una región geográfica situada en el punto donde se encuentran las fronteras de tres países: Tailandia, Laos y Myanmar.
Se llama así porque, aunque parezca mentira, ¡tiene forma de triángulo! Una forma creada por la confluencia de los ríos Ruak y Mekong.
Pero ¿por qué “de oro”?
Pues porque, durante décadas, la zona se utilizó para establecer un sinfín de plantaciones de opio que, una vez producido, se revendía a cambio de lingotes de oro.
En fin, seamos sinceros: quien inventó el nombre de esta zona no derrochó precisamente imaginación. Un poco como quien le puso el nombre científico al gorila occidental: Gorilla gorilla... No hacía falta repetirlo, lo habíamos entendido a la primera.
Volviendo al tema, en los últimos años el Triángulo de Oro ha experimentado una transformación importante. Gracias a los esfuerzos conjuntos de los gobiernos locales y de la comunidad internacional, la región ha reducido drásticamente su producción de opio, orientándose hacia cultivos alternativos y actividades legales como el turismo.
Divulgación exprés: la historia del Triángulo de Oro, mal contada
Si retrocedemos en el tiempo, el Triángulo de Oro era algo así como el ‘Silicon Valley’ del opio. Aquí, en las exuberantes colinas cubiertas de selva entre Tailandia, Laos y Myanmar, la producción de esta droga no era solo un negocio: era prácticamente una institución.
Piensa que en los años 70, en este pequeño rincón del mundo, se producía el 80% del opio mundial. Una locura.
Por cierto, ¿sabes quién decidió que esta zona debía explotarse como una especie de enorme laboratorio de estupefacientes?
Los de siempre: nosotros, las potencias coloniales europeas.
En particular, fue Gran Bretaña la que favoreció la expansión de la producción de opio en la zona, tanto en los territorios que estaban directamente bajo su control (como Birmania, la actual Myanmar), como en aquellos oficialmente independientes pero que, en la práctica, sufrían su influencia, como Tailandia.
En resumen, gracias a los queridos británicos, el Triángulo de Oro produjo una barbaridad de ‘mercancía’ (en el sentido más literal), y siguió haciéndolo incluso después de la descolonización. En el gran caos que vino después y tras varios acontecimientos, el territorio acabó bajo el control del narcotraficante Khun Sa, también conocido como el ‘Rey del opio’, como para no levantar sospechas.
Este ‘buen hombre’ gestionó el tráfico de sustancias como la heroína y las metanfetaminas hasta 1996, cuando decidió ‘retirarse’ entregándose a las autoridades birmanas, escapando así de las garras de Estados Unidos, que llevaba ya bastante tiempo persiguiéndolo.
Desde entonces, la región ha empezado a reducir la producción de opio, también debido a las iniciativas antidroga de los países del Sudeste Asiático, orientándose hacia cultivos más... digamos, socialmente aceptables, como el café y el tabaco. Hoy en día, la producción de opio no es más que una sombra de lo que fue, reduciéndose a un modesto 16% del suministro mundial.
Ah, cómo cambian los tiempos.
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¿House of Cards? Qué va. Tailandia tiene la House of Opium, mucho mejor que Netflix
Entre los lugares imprescindibles del Triángulo de Oro, uno de los más destacados es sin duda el Museo del Opio, la famosa House of Opium: una auténtica pasada.
Es una parada obligatoria para cualquiera que quiera comprender la compleja y turbulenta historia de esta región. Aquí, los visitantes pueden explorar los orígenes del opio, su papel en la economía y la política mundiales, y cómo la amapola influyó en guerras, comercio internacional e incluso culturas enteras.
Lo que más nos gusta de este lugar es su capacidad para ofrecer una perspectiva de 360 grados sobre el comercio del opio en el Sudeste Asiático.
El museo no habla solo de narcotraficantes y tráfico internacional, sino también, y sobre todo, del impacto que este fenómeno tuvo en las poblaciones locales que vivieron y trabajaron durante décadas en las plantaciones.
Además, nos cuenta cuáles han sido los esfuerzos realizados hasta ahora para la rehabilitación del territorio, mostrando cómo la región se está moviendo hacia un futuro más sostenible.
Vale, lo sabemos: aquí nos hemos puesto un poco más serios de lo habitual. Pero en este párrafo queríamos subrayar de verdad cuánto hay que entender y sobre lo que reflexionar detrás de la historia del Triángulo de Oro y de las poblaciones que viven en esta zona.