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Los 8 templos más geniales de Japón: un recorrido entre linternas gigantes y Budas XXL

Del deslumbrante Kinkakuji al Sanjusangendo y sus mil estatuas acosadoras

¿List* para que te explote la cabeza con un viaje por los templos más espectaculares de Japón?

Aquí los templos son de todo menos aburridos: brillan, hipnotizan y te dejan sin palabras en cuanto los tienes delante.

Y lo mejor es que para disfrutarlos no hace falta ser cinturón negro de zen ni tener un título en “budología”; lo único que necesitas es ganas de sorprenderte.

Así que deja de perder el tiempo peinando bonsáis: ¡aquí va el top 8 de los templos japoneses!

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1. Byodoin: el templo que flota (o casi)

El templo Byodoin, sumergido en la tranquilidad de Uji, es uno de esos lugares que te miran y te hacen sentir... insignificante.

Construido en 1052 —sí, hace más de mil años, cuando la idea más brillante que alguien tenía en Europa era “¿y si inventamos la peste?”—, es una obra maestra de belleza y precisión.

Este templo es tan bonito que los japoneses, para no olvidarlo, hasta lo pusieron en la moneda de 10 yenes. Y no es uno de esos sitios horteras llenos de lucecitas intermitentes, ¿eh? No, no. Tiene una elegancia que te hace sentir como una cebolla con zapatillas de tenis.

Con el Pabellón del Fénix reflejándose en el agua y ese silencio zen que casi te obliga a reflexionar sobre todas las meteduras de pata que has hecho en la vida. Un lugar que te hace pensar: “¡Y yo que creía que el máximo de la espiritualidad era encender un incienso en el baño!”

2. Todaiji: el Buda King Kong

Si piensas que las estatuas son algo aburrido de museo, es porque todavía no has conocido al Gran Buda de Todaiji. Una bestia de 15 metros de bronce macizo que, comparado con él, hasta un gigantón parece un Minion. Está ahí, tan tranquilo, en el Parque de Nara, donde hay ciervos sagrados por todas partes —casi más que en Disney— mirándote con esos ojazos y esperando una galletita.

La estructura de Todaiji es toda de madera, porque los japoneses no se conforman con hacer las cosas de manera sencilla. Construyeron este mega templo en 752, cuando por aquí todavía andábamos poco menos que tirando piedras, y por dentro tiene una atmósfera brutalmente hermosa que merece al menos una visita en la vida.

3. Kiyomizudera: el templo sin un solo clavo

Kiyomizudera está en Kioto, encajado en una colina a la que llegas después de una caminata que ni el Everest. Pero vale la pena, porque en cuanto llegas te encuentras delante esta enorme estructura de madera construida sin un solo clavo.

Y yo me pregunto: si en Japón en el año 778 construían templos así, ¿por qué en mi casa no consiguen montar un barco pirata de Lego sin soltar palabrotas?

La joya de Kiyomizudera es su terraza, suspendida sobre un bosque de cerezos y arces que en primavera y otoño parecen una acuarela. La leyenda dice que si te tiras desde la terraza y sobrevives, se te cumplen los deseos. Así que, por si se te ocurre la idea, te aviso: son 13 metros. Haz las cuentas.

Luego está Otowa-no-taki, una cascada con tres chorros de agua. Cada uno representa salud, amor y éxito.

Pero no puedes beber de todos, ¿eh? Tienes que elegir.

Y aquí llega la tragedia: si bebes del agua del amor, igual te quedas pobre y enferm*.

4. Kinkakuji: el templo que te deja cieg* (literalmente)

Ah, el Kinkaku-ji... ¡menuda maravilla!

Es este templo japonés, todo bonito y todo dorado, que solo con mirarlo te da ganas de sacar la cubertería buena.

Está ahí, en Kioto, en medio de un estanque que parece una postal viviente. Y tú piensas: “Qué gente tan ordenada estos japoneses, ¡ni una hojita fuera de sitio!” Pero luego llega el turista de turno, con calcetines blancos y sandalias, y el milagro es que el templo siga viéndose igual de bonito.

Se llama “Pabellón Dorado”, y solo el nombre ya te mete presión, porque no puedes plantarte allí con una camiseta arrugada. Está recubierto de pan de oro, una cosa que ni los recuerdos de boda más horteras.

Pero hay que decirlo: es elegante, no es ninguna cursilería.

¿Y el jardín de alrededor?

Una obra maestra de perfección zen, con cada piedrecita en su sitio. Te imaginas al monje japonés con su rastrillito, mirándote como te miraría tu abuela si usas una cuchara para comer arroz, aunque, seamos sinceros, ¡es más cómodo!

En resumen, Kinkaku-ji es la prueba de que los japoneses saben hacer las cosas más bellas, mientras nosotros nos apañamos con gnomos de jardín.

5. Sensoji: el templo con compras incluidas

Sensoji, en el corazón de Asakusa en Tokio, es el templo más antiguo de la ciudad y también el más descarado: espiritualidad y compras, todo en uno. Imagínate entrar por Kaminarimon, una puerta gigante con faroles rojos sacada de una película de Miyazaki. Y en cuanto la cruzas, bam, te encuentras en una avenida llena de puestos donde puedes comprar un montón de cosas que probablemente no usarás jamás: abanicos que te servirán sobre todo para matar mosquitos y snacks de los que nunca sabrás si son dulces, salados o parte de un experimento alienígena.

Cuando llegas al templo, hay una multitud que ni en las rebajas de enero. Todos quemando incienso, rezando y sacando papelitos de la fortuna.

Pero tengo que decirlo: la atmósfera es una locura. Entre los faroles, los tambores y los monjes que pasean con su calma proverbial, te hará olvidarte por un momento de la rutina diaria.

6. Sanjusangendo: mil estatuas que te acosan con la mirada

Si le tienes miedo a los payasos o a cualquier cosa que te mire fijamente con ojos inquietantes (como tu suegra, por ejemplo), Sanjusangendo podría darte un medio infarto.

Aquí hay una estatua de la diosa Kannon, la diosa de la misericordia de los mil brazos. Bueno, no: hay mil, he dicho MIL, de la diosa mirándote con esos ojos fijos, como si acabaran de descubrir que fuiste tú quien les dio un golpe con el patinete eléctrico.

Cada estatua tiene una expresión distinta, así que entrar aquí es como estar en una mega reunión familiar lista para juzgarte por aquella vez que te comiste el último trozo de lasaña de berenjena y dijiste que había sido el perro.

7. Aizu Sazaedo: la pagoda para quien ama las escaleras (y la suerte)

Aizu Sazaedo es el templo ideal si quieres marcar abdominales.

Aquí no hay ascensores ni escaleras mecánicas: hay una escalera de caracol de doble hélice que parece diseñada por Escher. Mientras subes, te encuentras treinta y tres estatuas de... ¿adivina qué? ¡Otra vez la diosa Kannon!

¡Ya basta, esto es persecución!

Pero la verdadera joya son las paredes, cubiertas de senjafuda: papelitos que la gente pega para obtener bendiciones o, seamos claros, para hacerse publicidad. Sí, porque en Japón hasta las divinidades aprecian el spam.

8. Toshodaiji: el templo del monje cabezota

Toshodaiji, en Nara, es la demostración de que si das suficiente la lata, ¡lo consigues!

Me explico mejor.

Este templo fue fundado por el monje chino Ganjin, un tipo que nunca se rendía: intentó cruzar el mar para llegar a Japón como seis veces. ¡Seis! Entre naufragios y mala suerte, hasta perdió la vista, pero al final lo consiguió y fundó el templo.

Así que si piensas que tu viaje a Japón fue duro porque perdiste el tren una vez, acuérdate de Ganjin: ¡él no se rindió ni después del tercer naufragio!

Hoy, Toshodaiji es un oasis de paz, con un bosque de musgo tan encantador que relajaría hasta al crítico de arte más gruñón.

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No solo templos, sino experiencias increíbles para recordar

En Japón, los templos no son solo cuatro paredes y una estatua, sino auténticos parques de atracciones espirituales donde puedes perderte entre Budas gigantes y escaleras que desafían las leyes de la física. Desde el Buda XXL de Nara hasta las escaleras de caracol de Aizu Sazaedo, donde te quedas sin aliento pero ganas suerte (y piernas de acero), cada templo es una aventura.

Y si piensas que visitar templos es un aburrimiento infinito, es porque nunca has estado en Japón. Aquí hasta lo sagrado tiene su lado espectacular.

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